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Vengativo almirante.

Written By: Hilarion on Marzo 11, 2010 3 Comments

De Don Juan Gaspar Enríquez de Cabrera, X Almirante de Castilla, VI Duque de Medina de Rioseco y IX Conde de Melgar, siempre se dijo que, además de destacado poeta, era un gran conocedor del arte de la tauromaquia e incluso se le atribuye la autoría de las famosas Reglas del Torear. Puede que el conocimiento de lo taurino no le viniese por otra cosa que por haber hecho virtud de la necesidad.

Y es que Don Juan Gaspar, sesentón y artrítico, tenía mujer joven, lozana, escultural, llamativa y de moral un tanto distraída. Vamos, que era un pingo, un pendón desorejado, más coqueta que las gallinas y todo lo que se nos ocurra. No ignorante de estas cualidades tan poco edificantes de su legítima, el almirante tomaba sus precauciones aunque parecer ser que con un más que irregular éxito.

Sí que lo tuvo en la tarde del Viernes de Cuaresma de 1691, tarde en que la dama, seguida de su escudero y ataviada con decoro más que discutible, se dirigió al Prado de Recoletos, donde allá, en la distancia, percibió la presencia de dos hombres que parecían esperarla. Los hombres, el conde de Morterrey y el de Montesclaros, también la perciben y sonrientes se dirigen a su encuentro. En ese momento un carruaje se para ante ellos y de él bajan cuatro dueñas, que con movimientos algo hombrunos se dirigen hacia ellos y sin mediar palabra extraen de entre sus sayas unos fenomenales garrotes y propinan tal paliza a lo condes que, según comentaba el servicio del almirante, quedaron casi deshuesados y si no hubiese sido por la pronta intervención de los frailes recoletos que los recompusieron a base de ungüentos y hasta de bálsamo de Fierabrás, pocos hubiesen dado un maravedí por su recuperación. Como es de suponer la dama huyó discreta y velozmente del lugar donde habían revestido de felpa a sus galanteadores y se refugió en su residencia, el palacio del almirante.

Poco propósito de enmienda la produjo el hecho. Esa misma noche se daba un “sarao y academia” en el palacio y poco tardó en arrimarse al príncipe de Mélito y discretearse con él. Cuentan las crónicas que Don Juan Gaspar contemplaba la escena postrado en su sillón del que le era harto difícil levantarse. Y que tanta fue su ira ante tanto descoco en sus mismísimas barbas venerables, y no poder levantarse para dar a ambos el mismo tratamiento que las hombrunas dueñas habían dado por la tarde a los condes, que murió a los pocos días, dizque del berrinche.

Procedía un tiempo prudencial de luto, pero los calores veraniegos y los suyos propios hicieron que la dama se lo aliviase en menos de tres meses, y que encargase a su costurera atavíos más ceñidos, si cabe, y unos escotes unos centímetros más bajos, aunque pareciera decorosamente imposible bajarlos más. Esa misma noche unos gritos horripilantes salieron de las habitaciones de la dama. Asustado el servicio acudió presto, encontrándose a su ama medio desmayada en el suelo que, entre sollozos, les narró como había surgido de la nada una sombra, la del difunto almirante, que con su espada la había traspasado cada uno de sus senos a la vez que profería terribles insultos. Los servidores comprobaron que las ventanas y balcones estaban cerrados por dentro y que no había ni una huella en la habitación. Se llamó a los galenos que suturaron las heridas, pero las cicatrices impidieron que nunca pudiese volver a lucirse aquel trozo de anatomía.  Sea por esto, sea por el susto, sea por ambas cosas, a partir de entonces la dama se volvió austera y recatada en el vestir y en sus tratos con los hombres, aunque hasta su muerte aseguró que con frecuencia la visitaba de noche el fantasma del almirante y que la llamaba cosas que no están en los escritos.

Del palacio donde acaecieron estos hechos, solo quedan como recuerdo un nombre de calle, la del Almirante, y un convento cuya iglesia, de la Inmaculada y San Pascual Bailón, se asoma timidamente, tan timidamente que pasa casi desapercibida, al Paseo de Recoletos, ocupando el sitio de la antigua sala de teatro del palacio. Y es que gracias a la donación de nuestro infortunado almirante se construyó junto al palacio un convento de religiosas franciscanas descalzas. Palacio y convento desaparecieron al ensanchar el Paseo de Recoletos,  sustituyéndose el convento por el actual construido en 1866.

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Iglesia de la Inmaculada y de San Pascual Bailón. Paseo de Recoletos, 11.

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3 Responses to “Vengativo almirante.”

  1. Epiro says on: 11 Marzo 2010 at 12:06

    No es justo, si el tío ya estaba muerto la pobre chica podía darse un meneo, pero nada, que no le quedó más remedio que una vivencia que no le permitía endulzar el café de vez en cuando.

  2. Einheriar says on: 12 Marzo 2010 at 1:11

    Ésta no endulzaba el café, echaba una gota de café en una taza de azúcar.
    Más que las gallinas, vamos…

  3. Epiro says on: 13 Marzo 2010 at 1:00

    Jajaja, es que un buen tazón de azúcar es muy sano, al contrario de lo que piensan los médicos.

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