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Cajón de sastre (I)

Written By: Hilarion on Julio 7, 2010 2 Comments

Curiosidades de esta Villa de Madrid.

El taxi no es un invento de ahora. En el siglo XVI ya existía en Madrid el transporte por “silla de mano” y coche de alquiler y, como era de esperar, sus conductores no se llamaban taxistas, sino silleros y cocheros. El transporte de silla se popularizó mucho entre las mujeres, tanto que alguna premática llegó a prohibir su uso a los varones, y por esta razón en 1796 una Real Cédula llegó a establecer que los silleros debían tener moderación tanto en el “actuar como en el hablar”. Tuvieron hasta “paradas”, situadas en las plazas de Sol, Santa Cruz, Antón Martínde la Cebada.

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Ya hablamos del nacimiento del alumbrado público madrileño alimentado con energía eléctrica. Anteriormente el que había funcionaba con gas y coexistió con el eléctrico bastante tiempo, pues se dice que el último farol de gas, situado en la plaza del Sagrado Corazón de Jesús (Prosperidad), se sustituyó por uno eléctrico en fecha tan tardía como 1972. La iluminación por gas fue establecida por el alcalde, entonces aun corregidor, Marques Viudo de Pontejos, que en 1835 hizo sustituir las farolas de candil por 2.410 de gas, instituyendo asimismo el muy noble cargo de farolero, hoy día desaparecido. El consistorio de aquel tiempo era mucho más ahorrador que el actual, bueno el de aquel tiempo y cualquier otro, y los faroles solo permanecían encendidos hasta las tres de la madrugada y los días que había bastante claridad de la luna ni se encendían.

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En 1346 el rey Alfonso XI otorgó a Madrid el permiso de establecer una fundación para la enseñanza de la gramática. La fundación, que recibió el nombre de Estudio de la Villa, estuvo ubicada primeramente en la actual calle de los Mancebos, para mudarse posteriormente a la actual de la Villa donde permaneció hasta su desaparición en 1619. Hacia 1567 regía el centro el maestro Juan López de Hoyos, lo cual le causaba no pocos quebraderos de cabeza, pues es el caso que en la calle del Rollo había una hermosa parra de cuyos frutos nunca podían disfrutar sus dueños, pues los alumnos del Estudio al pasar a diario por debajo de ella aprovechaban para llevarse los racimos más maduros. Esto le costó al bueno de Don Juan unas cuantas multas del concejo, hasta que harto expulsó al cabecilla de los estudiantes, un alumno cuya edad pasaba de la de mozalbete pues había empezado sus estudios con retraso. Los buenos oficios del propio regidor de la Villa, unidos al afecto que le tenía el maestro, pues veía que el muchacho prometía, hicieron que fuera readmitido. Aquel alumno algo gamberro se llamaba Miguel de Cervantes.

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En otra ocasión ya me lamenté aquí de la irremediable desaparición de algo de Madrid, que fue imposible conservar: los olores. Me refiero a los agradables, claro. El aire acondicionado que permite tener las puertas cerradas en verano, la obligación de vender todo envasado, las ordenanzas que obligan a tener extracciones de humos como Dios manda, nos han hecho la vida más fácil y saludable pero nos han privado de aquel juego de la oca del olfato que era andar por una acera y pasar por la casilla del olor de la taberna, luego por la de los ultramarinos, la droguería, la lechería, la espartería y la alpargatería. Y estos eran olores minoristas, que no se extendían más allá del escaparate de la tienda de la que procedían, porque había otros con más pretensiones que se extendían por toda una manzana y hasta por un barrio. Me refiero por ejemplo a la calle de Toledo y la de la Montera que olían a café por la cantidad de tostadores que había, el olor a cerveza en Moncloa por la fábrica del Laurel de Baco, situada frente al actual Estado Mayor del Ejército del Aire, y un poco más allá, en la calle Isaac Peral esquina a Fernández de los Ríos, el olor a jabón perfumado de la fábrica de  Gal, entre otros. Pero el que más echo de menos es el de leña quemada que se podía percibir en cualquier barrio a la hora del guiso, porque la mayoría de las cocinas eran de carbón y leña. Hoy día de olores callejeros apenas nos quedan el permanente a calamares fritos en la Plaza Mayor y alrededores, nada agradable a no ser que uno esté hambriento, y el más delicioso con que nos obsequia la pastelería La Mallorquina cuando salimos del Metro por la salida de Mayor.

perfumeria-gal

Fábrica Gal y calle de Isaac Peral hacia 1917. Como referencia el solar de la fábrica lo ocupa hoy el complejo Galaxia.

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2 Responses to “Cajón de sastre (I)”

  1. Hilarioncita says on: 8 Julio 2010 at 15:52

    Me alegra ver que La Druida se ha recuperado :)

    Me gusta mucho esta idea del cajón desastres, espero que siga mucho tiempo.

    Yo también echo de menos el olor a leña quemada (y eso que lo he vivido poco)… Siempre nos quedará Chinchón y sus restaurantes…

  2. Hilarioncita says on: 8 Julio 2010 at 15:53

    Mira que soy paleta: cajón de sastre, cajón de sastre, cajón de sastre, cajón de sastre,… ;)

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