Sancha, la Daganzuela.
El año de Nuestro Señor de 1492 fue crucial para la humanidad, para España y para sus católicos monarcas: sencillamente se descubrió América. La innegable importancia del hecho causó el imaginable revuelo mediático, por lo que pasó desapercibido otro de más humilde condición, pero que atañía a nuestra ciudad. Y es que algunas crónicas cuentan que los Reyes Católicos donaron al concejo una dehesa que iba desde el actual Puente de Toledo, hasta el de Puente de la Princesa (Legazpi) por un lado, y desde lo que hoy es calle del Doctor Vallejo Nájera hasta la orilla izquierda del río por otro, dehesa a la que los vecinos podían llevar a pastar su ganado. Con el tiempo la dehesa se conoció como la Dehesa de la Arganzuela, y este nombre se dio también a una calle y al distrito que contienen a ambas, calle y dehesa. Hasta aquí la historia oficial, gris y sosa como lo es la narración de cualquier trámite administrativo.
Pero hay otras crónicas que cuentan aquel evento de otra manera. Hace poco ha caído casualmente en mis manos un libro decimonónico de romances y hete aquí que uno de ellos se titula La Arganzuela y cuenta precisamente esta historia, pero de esta otra manera:
Por aquellos años vivía en una alquería próxima a la orilla del río, un alfarero pobre conocido por «el tío Daganzo» por ser natural de Daganzo, pueblo cercano a Torrejón. Pobre, viudo y con unos cuantos hijos, la más pequeña de los cuales, Sancha, a la que por razones obvias llamaban la Daganzuela, era una suerte de predecesora de Cenicienta y del Patito Feo. Dulce de carácter y frágil de cuerpo Sanchica era la percha de las burlas y de los golpes de hermanos y convecinas mozuelas, y también de los del alfarero al cual ayudaba en su taller, y que le soltaba algún que otro sopapo cuando la niña rompía algún cacharro, lo que ocurría con demasiada frecuencia.
Sabido es que la reina Isabel visitaba con frecuecia Madrid, y en una de estas visitas aconteció que paseando un día con su séquito por las cercanías de la alquería, tuvo sed y la apeteció beber de la fresca agua del río (que nadie se asuste ¡estamos todavía en 1492!). Alguien del séquito corrió a la casa a transmitir la real petición y allá fue feliz y servicial Sanchica con un cántaro a dar de beber a la real sedienta.
«Bebed, mi reina, de esta agua
dulce, tranquila y serena
como esa frente tan digna
de la corona que lleva,
si no es que cansado el rio
de mis importunas quejas
arrastra ya su amargura
entre las aguas envuelta.»
¿Quejas? ¿Qué puede afligirte a ti, criatura? le pregunta la reina. Y la criatura hace un breve relato de su perra vida. Aquello impresiona a Isabel, que con lágrimas en los ojos se vuelve hacia un escudero y le ordena tomar el cántaro de las manos de la niña y:
«Volvedme llena
esta vasija tres veces,
con fino chorro vertella
mientras andáis, y el terreno
que señale, dote sea
que quiebre la pesadumbre
de la gentil alfarera.
Amor he visto en sus ojos,
virtudes en su modestia:
merecimientos más cortos
hallé con más recompensa.»
Y dicho y hecho. Así en un momento cambió la fortuna de Sanchica, a partir de ahora Doña Sancha la Daganzuela pues tanto tienes tanto vales. Cuenta el romance que bien casó y tuvo hijos, y que finalmente “después de llorar la muerte de sus amorosas prendas” ingresó en la humilde Orden Tercera donde permaneció hasta el fin de sus días. Siempre siguiendo el relato del romance, al ingresar en la orden llevó como dote el campo que le regaló la reina, la Dehesa de la Daganzuela, que el pueblo, que tal parece que tuviera lengua de trapo, por corrupción del nombre acabó por llamar Dehesa de la Arganzuela.
Y colorín, colorado…
Y como siempre habrá algún incrédulo, señalar que Ángel Fernández de los Ríos, periodista, político, editor, urbanista, escritor, historiador y que encima tiene una importante calle dedicada en Madrid, daba crédito a la historia de Sanchica, así que…
De la Dehesa de la Arganzuela solo nos queda como vestigio el parque del mismo nombre. Bueno, parque cuando lo restauren del estado de asolamiento en que lo dejaron las tropas de Atila. Perdón, quise decir las obras de la M-30.
Vista aérea del matadero hacia 1930 (click en la foto para verla en grande). Está construido en terrenos de la dehesa, cuya masa arbórea asoma a la izquierda. Obsérvese la calle Antonio López (abajo y a la izquierda); el cruce de caminos en el borde derecho que hoy es la Plaza de Legazpi; y un poco más arriba la glorieta popularmente llamada “de la Beata” a secas, porque su nombre es tan largo que requiere tomar carrerilla para poder decirlo completo. Todo lo que se ve es zona “hortofrutícola” que, quien lo diría, en poquísimos años desapareció, siendo sustituidas las lechugas y las patatas por la mayoría de edificios que hoy se ven por allí.
La Dehesa de la Arganzuela hacia la década de los años veinte o treinta del siglo XX, (fecha estimada más que nada por el coche). Pulsad en la foto para verla en tamaño grande.
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Tags: Leyendas madrileñas












Que bonita historia… Y como decía Quevedo “Poderoso caballero es Don Dinero”, que a una humilde alfarera convierte en Doña de la noche a la mañana… Aunque seguramente la pobre Sanchita ya lo era por otras virtudes que desgraciadamente no parecen tener el valor que realmente se merecen…