La Ronda del Pecado Mortal.
Ya dije aquí que el ambiente del Madrid de los Austrias estaba muy lejos de ser el triste, serio y mojigato que las apariencias y los cuadros del Greco parecen indicar. Las casas de lenocinio, de mala nota para entendernos, eran abundantes y las coimas y rabizas que ejercían el oficio a pie de calle aun más. Cuando se produce el cambio de dinastía, el primer Borbón, Felipe V, era francés y venía de París, donde los españoles suponemos que se inventó la vida alegre, por lo que cabría pensar que el rey francés, ya curado de espantos, no se ocuparía de estas menudencias. Craso error. El nuevo rey se escandalizó de aquel desmadre y quiso acabar con tanto amor mercenario, para lo que impulsó la creación en 1733 de la «Santa y Real Hermandad de María Santísima de la Esperanza y Santo Celo por la salvación de las almas» para poner en orden la moral ciudadana. Tan rimbombante nombre era muy propio de la época, pero hay que reconocer que era inutilizable en la conversación normal, razón por la que el pueblo cortó por lo sano y la llamó «La Ronda del Pecado Mortal», nombre mucho más práctico para usar a diario.
Pero, ¿que hacía La Ronda para cumplir su objetivo? Sencillamente los hermanos hacían lo que hoy en día sería calificado como mobbing o presión sicológica. Cuando los relojes anunciaban la medianoche, los hermanos de riguroso negro, farol en mano y precedidos por un campanillero, recorrían las calles. Imaginemos la escena: calles estrechas, tortuosas, sin ninguna iluminación, rodeadas de casas lóbregas y mezquinas. Silencio. De repente se oye un esquilón, y como surgido de la nada aparece un grupo de hombres de los que, en la oscuridad, casi solo se perciben las vacilantes luces de los faroles que portan y que parecen flotar como los tétricos fuegos fatuos de los cementerios. Para salir corriendo. Pero es que además cantaban. Llegaban a una plazuela donde se sabía de la concurrencia de perdularios (y perdularias), y una voz cavernosa entonaba, por ejemplo:
A la mujer más hermosa
el tiempo en fea convierte,
y en monstruo terrible la muerte.
Eso para empezar, porque desde la otra acera otra voz respondía:
Esa culpa que cometes
mira atento y considera
que podría ser la postrera.
Y el esquilón… dalán, dalán, dalán.
Unos metros más allá se paraban ante una mancebía y:
Para los cuerpos que pecan
en tactos y viles gustos,
hay los eternos disgustos.
Y la réplica desde la otra acera:
Muchos hay en el infierno
por una culpa no más;
tú, con tantas, ¡Dónde irás!
Para rematar todos juntos:
Alma que estás en pecado,
si esta noche murieras
piensa bien a donde fueras.
Y el esquilón… dalán, dalán, dalán.
Y así por todos los sitios de vicio. En fin: que le quitaban la lujuria a cualquiera, que era de lo que se trataba. Podía ocurrir que alguna de las colipoterras presentes fuese presa del pánico al oírles y decidiese abandonar aquella mala vida, en cuyo caso la ronda la encaminaba a la «Real Casa de Santa María Magdalena de la Penitencia», a la que la gente corriente llamaba «Convento de las recogidas» para acabar antes. Allí se las daba de comer, de vestir honestamente, se las instaba a practicar la virtud y la penitencia y ya solamente salían para casarse, o profesaban y se hacían monjas. La Ronda pervivió hasta 1842 aproximadamente, y hay quien dice que quien realmente acabó con ella fueron los faroles de gas. Posiblemente con algo de luz la ronda perdiese todo su aire fantasmagórico y no tuviese tanta efectividad.
En cuanto al convento algo nos queda de él en la calle Hortaleza 88. En 1897 se reconstruyó la iglesia y en 1916 el convento siguiendo el trazado antiguo. En 1936 ardió completamente (lo “ardieron”), como casi todos los conventos madrileños. Y tras muchos años de abandono el edificio fue rehabilitado y sus salas, que otrora acogieron suripantas en el camino de vuelta a la virtud, acogen hoy sindicalistas, pues fue adquirido por la UGT que tiene allí su Sede Confederal. Cosas veredes.











Curioso, curioso…