Cajón de sastre (II).
Más curiosidades que acontecieron en esta Villa de Madrid.
El barrio de Usera está asentado en los terrenos que fueron propiedad del «tío Sordillo», una de cuyas hijas casó con el coronel Marcelo Usera. Parece ser que este coronel tuvo la idea de crear allí una colonia residencial al estilo de las de Ciudad Lineal o la de Prosperidad. Encargó el asunto a su administrador, que parceló el terreno y trazó las futuras calles. El administrador debía ser harto lisonjero, pues empezó por nombrar a las calles con los nombres del coronel y sus familiares: Marcelo, Nicolás, Isabelita, Gabriel, Amparo, Mariano, Antonia, Luís, todos ellos con el apellido Usera, claro. Agotado el onomástico familiar siguió con el de sirvientes de la familia y no sé si es que también se le acabaron o que quería hacer amigos, el caso es que culminó la faena con nombres de vecinos de la zona. De la idea de Don Marcelo a la realidad que resultó hay un más que enorme trecho. El barrio en lugar de residencial salió humilde, popular y densamente poblado. Además su calle principal, Marcelo Usera, puede ostentar hoy sin disputa el galardón de ser la más fea de Madrid.
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Seguramente habréis leído u oído alguna vez referencias al mentidero de San Felipe, sobre todo cuando se habla del Siglo de Oro. Este mentidero estaba localizado en las gradas del Monasterio de San Felipe el Real, y era el punto de reunión de todos los cotillos (y cotillas) de Madrid, donde se chismorreaba todo, donde se propalaban rumores, bulos, calumnias, maledicencias, coplillas malintencionadas, y toda clase de calumnias. Allí era frecuente la presencia de Lope, Calderón, Góngora y, por supuesto, su archienemigo Quevedo, el de la pluma viperina. Situado entre las calles de Mayor, Esparteros, Marqués Viudo de Pontejos y Correo, fue derribado en 1838 durante la desamortización de Mendizabal y su solar adquirido por Santiago Alonso Cordero que construyó sobre él, entre 1842 y 1845, las casas que podemos ver aun hoy día y que se conocieron, y aun muchos se refieren a ellas así, como las Casas de Cordero. El dinero para la inversión lo sacó Cordero de un premio de la lotería de la época, y el premio fue de un monto tal, que el Tesoro le pidió por favor que cobrara poco a poco. No hay nada nuevo bajo el Sol: la cosa de la falta de liquidez y de la deuda pública no es exclusivamente de ahora mismo.
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José María de Salamanca y Mayol, Conde de los Llanos, Marqués de Salamanca y grande de España, fue un típico producto de nuestro país. Negociante y político, aunque sea difícil distinguir cuando era lo uno y cuando lo otro, medró en el periodo isabelino; se enriqueció y se arruinó varias veces, estuvo en lo alto de la política y también en el exilio; fundó un banco, el de Isabel II, cuyos fondos se gastó alegremente y que finalmente se fusionó con el de San Fernando, dando lugar al Banco de España. Finalmente invirtió todo su capital en la adquisición de unos terrenitos por donde pacían alegremente las cabras, con la idea de construir allí un barrio con los más modernos criterios urbanísticos. El barrio se construyó entre 1860 y 1920 y se le llamó, se le llama aun, el barrio de Salamanca. Las primeras casas construidas fueron las de la manzana comprendida entre la calles de Serrano, Villanueva, Claudio Coello y Jorge Juan. En una de estas casas, el 25 de Claudio Coello, vivió sus últimos días Gustavo Adolfo Bécquer hasta que falleció en 1870. El marqués no pudo ver acabado su barrio, pues falleció en 1883, con muchas deudas, en su Palacio de Vista Alegre en Carabanchel Bajo. Sí, sí, en Carabanchel. Y esto me recuerda que debería contar algo de este barrio.
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Parece ser que el origen del nombre Carabanchel procede de los garbanzales que había en la zona, o de la palabra árabe carab (propietario de terrenos cultivables). Dicen los que saben de esto que los Carabancheles ya estaban habitados cuando Madrid no era ni el sueño del más imaginativo. Así pues cada vez que se hacen obras en el subsuelo carabanchelero (Metro, canalizaciones varias) aparecen fósiles (ribera del río, estación de Carpetana, etc.), o restos romanos como los mosaicos que se pueden contemplar en el Museo de San Isidro, en el Municipal y en el Arqueológico. Existieron dos pueblos con este nombre, el Alto y el Bajo, que fueron unidos a Madrid en 1948 y que actualmente conforman un único distrito, aunque hubo gente del Bajo que aprovechando que el Manzanares pasa por donde pasa y el fervor autonómico de los 70-80, pidió su autonomía del Alto, petición a la que no se hizo el más mínimo caso. Durante el siglo XIX ambos Carabancheles se convirtieron en el lugar favorito de veraneo de la aristocracia y la alta burguesía, donde los Montijo, Cabarrús, Salamanca, etc., tenían sus fincas de recreo. Eran los tiempos en que allí podían disfrutar del descanso reparador sin ser molestados por la plebe latosa, ya que para ir desde Madrid no había Metro sino que había que coger las diligencias que salían de la calle Carretas y de la Carrera de San Jerónimo. Todo un viaje, vamos.
La foto es de la colección de César Mohedas, estudioso de todo lo relacionado con los ferrocarriles y tranvías madrileños. Es la de un tranvía dirigiéndose hacia el Hospital Gómez Ulla en pleno Carabanchel. Aunque no se ve bien, yo diría que se trata de un 33, que hacía el trayecto Embajadores-Colonia Juan XXIII; la fecha en las décadas de 1940-1950; el lugar, por la fisonomía general de la calle, diría que es el Paseo de Muñoz Grandes (con perdón).











¡Qué prolífico estás últimamente, Hilarión! Me ha gustado la segunda entrega
Yo sigo dándole vueltas a lo de Carabanchel, no hubiese imaginado nunca de donde venía el nombre, ni qué significaba.