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La estación de tren.

Written By: Hilarion on Julio 30, 2010 4 Comments

villaverde-bajo-1950

La encontré por casualidad en la red y al verla se despertaron en mí recuerdos hace tiempo dormidos. Tenía un innegable encanto aunque fuese humilde y menuda. Y además en ella trabajaba mi tío.

Recordé, por ejemplo, que íbamos a verle con cierta frecuencia. Cogíamos el tren en Atocha, en la estación que hoy es un invernadero de plantas tropicales. Qué contraste entre la luminosidad que tiene ahora, y la permanente penumbra de entonces, una penumbra teñida del gris de tantas despedidas. Y el olor, una mezcla de carbón quemado, aceite, vapor,… Olor a estación de tren de entonces. Como los cercanías solían parar al final del andén, teníamos que recorrerle entero y pasar por delante de otros trenes, trenes importantes, compuestos por unos gigantescos vagones, o así me lo parecían entonces, que lucían al borde mismo del techo la interminable leyenda «Compañía Internacional de Coches-Cama y de los Grandes Expresos Europeos», que daba pie a pensar que los vagones eran tan largos para dar cabida a tal escrito. Y con los vagones, las inmensas locomotoras de vapor devoradoras de grandes distancias, que mostraban impertinentemente su impaciencia por salir de aquel ambiente, dando de vez en cuando unos bufidos que bañaban en vapor a los que pasábamos cerca. Yo siempre albergaba la esperanza de que tocase montar en uno de aquellos trenes que, seguro, aun conservaban algo del contacto de lugares remotos. Pero no, nunca subíamos a aquellos vagones: nuestro tren, el cercanías, siempre el último del andén, era por contra un tren pequeño, con vagones de madera y una máquina más pequeña que las otras y ya entrada en años.

Me recordé a mí mismo con la nariz aplastada contra el cristal de la ventanilla, llenándome los ojos de lo poco que había que ver: el Cerro de la Plata, el cruce del Manzanares, algún apeadero…

Al llegar, a veces, nos encontrábamos con que mi tío estaba de servicio en la estación. Cuando esto ocurría “hacíamos un ratito” allí antes de ir a su casa a ver a la familia. De vez en cuando paraba algún tren y cuando tenía que reanudar la marcha, mi tío, con el ceremonial y la liturgia que requería el caso, se encasquetaba aquella llamativa gorra que a cualquier ferroviario le hacía parecer  un mariscal de Francia, tomaba con unción el banderín rojo enrollado en una mano y en la otra el silbato. ¡Y cómo me gustaba que me dejase pitar con aquel silbato! Tanto que tras su jubilación aun se acordaba, y aunque yo era ya un adulto me lo regaló y aun lo conservo. Así que con la pompa y circunspección que requería la ceremonia, salía revestido con los citados ornamentos, ejecutaba los movimientos reglamentados y silbaba. La locomotora, cortés, respondía al silbido con el suyo tan potente, y tras lanzar un fuerte resoplido, como cualquiera que va a acometer un esfuerzo, arrancaba y el tren se iba. Recordé todo esto y otras cosas, entre ellas el trayecto de vuelta a casa que a veces tenía su enjundia, pero que no contaré para no aburrir aun más.

El tiempo pasa como un vendaval que arrasa los escenarios en que hemos vivido, dejándonos de ellos solo la añoranza. Aquellos trenes desaparecieron. Hasta  hace poco tiempo  se podía montar en el Tren de la Fresa si se quería  saber como eran. Pero me he enterado que  también ese tren, cuyo principal atractivo estaba en utilizar material ferroviario histórico, es arrastrado hoy día por una máquina eléctrica.

A la estación no volví desde aquellos días. Sé que también desapareció hace tiempo. He visto fotos de la actual, que seguro que es más adecuada al servicio ferroviario de hoy y más cómoda para los viajeros. Sin embargo a mí me parece más un supermercado o una gasolinera, que una estación de tren.

Estoy seguro de que mi tío, desde allá en lo alto, pensará como yo.



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4 Responses to “La estación de tren.”

  1. Hilarioncita says on: 30 Julio 2010 at 9:19

    Me ha encantado el artículo. Yo creo que algunas estaciones de Cercanías mantienen aún sus antiguos edificios de piedra restaurados y rehabilitados.

    Lo que me tiene que explicar el señor Hilarión en privado es si el silbato de su tío es el que yo conocí de pequeña, uno de latón con una bola roja dentro parecido al que usan los árbitros de futbol, porque uno como el de la foto del artículo no me suena haberlo visto…

  2. Hilarioncita says on: 30 Julio 2010 at 9:27

    He encontrado una página con fotos actuales de estaciones de tren:

    http://www.laestaciondetren.net/COMUNIDADES/COMUNIDAD%20DE%20MADRID/MADRID/index.htm

  3. Jaime says on: 30 Julio 2010 at 10:49

    Precioso relato cargado de añoranza. Siempre he sentido fascinación por las grandes locomotoras, las vias ferroviarias infinitas, el humo saliendo a través de la chimenea y perdiendose en el cielo… este artículo me transmite esa misma fascinación, y me hace sentir de nuevo como un niño. La foto de la estación de Villaverde me parece lo más increible que he visto en mucho tiempo. Es una de mis estaciones “fetiche” y verla a través de esta foto me hace… feliz. :) Enhorabuena por un artículo tan emotivo. Un saludo,

  4. Gonlor says on: 30 Julio 2010 at 16:41

    Pues efectivamente, mejor no vuelvas. A parte de nueva es incomoda. Pero mi fashion.

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