Los ultramarinos.
Lo que en muchos sitios se conocía como colmados aquí en Madrid eran las tiendas de ultramarinos o simplemente los ultramarinos, las tiendas de alimentos por excelencia, pues vendían de todo menos carne, que para eso estaban las carnicerías.
Aquí vemos el interior de una de ellas extraída del Archivo Fotográfico de la CAM y tomada en 1920. Aparte de las estanterías muy bien surtidas de bebidas, vemos sobre el mostrador unos objetos típicos y exclusivos de aquellos ultramarinos. Al fondo vemos “algo” con una tolva en la parte superior y una rueda en el frente. Se trata del molino del café, que se vendía suelto (casi todo se vendía suelto) y en grano, y que a petición de la clienta (entonces era raro que hubiese “clientes”) se lo molían dando a la manivela de la rueda. Luego está la barroca caja registradora, que por los adornos aseguraría que es de la marca NATIONAL, y a la izquierda la cuchilla de cortar el bacalao, instrumento que requería cierta pericia para que con los trozos de bacalao, la clienta no se llevase también un par de dedos del dependiente. Quizá de ahí viene lo de que “fulano es el que corta aquí el bacalao”. Obsérvese la pulcritud en el atuendo de los dependientes: guardapolvos y corbata o lazo. Hay un objeto al lado del molino que no se distingue bien, pero que apostaría que es la “bomba” del aceite. Se la llamaba de otro modo que ahora no recuerdo, pero desde el punto de vista ingenieril es una bomba.
En esta otra foto tomada en Fuentidueña del Tajo en 1949, se ve una de estas bombas, más moderna, en primer término. La clienta llevaba un recipiente donde se echaba a golpe de manivela la cantidad que pedía. Falta en ambas fotos algo muy característico de los ultramarinos de entonces como eran unos recipientes redondos de madera que contenían los arenques salados.
Los ultramarinos como los de la foto desaparecieron casi totalmente de Madrid. Los unos se reconvirtieron en autoservicios y los otros simplemente desaparecieron y con ellos algo que las fotografías no nos pueden mostrar: el olor. Como todo se vendía suelto el olor de unos ultramarinos era una mezcla del de los arenques, el bacalao, el aceite, el café, los escabeches, los jabones, los estropajos de cáñamo, los quesos, el saco de patatas y todo lo que podáis imaginar. Un olor único que se ha perdido para siempre.












Mágnífico trabajo Hilarión. Os invito también a ver el trabajo que en su día hicimos en nuestro blog http://historias-matritenses.blogspot.com/search?q=ultramarinos
Saludos.
He leído tu trabajo que tiene la ventaja sobre el mío de que es anterior, pues en cuanto a contenido toca prácticamente los mismos palillos. A mí se me olvidó el detalle del lapicero en la oreja que tenía todo buen dependiente. Hacían la cuenta en aquel papel de estraza con que envolvían y así se llevaba la señora la cuenta a casa. Era como el tique de caja de ahora. Y lo del teléfono. Además de tienda de comestibles ejercían la función de locutorios, aunque en mi casa preferían el de la lechería, no sé por qué.
Sobre el olor recuerdo una exposición sobre alimentación en lo que ahora se llama el Museo del Traje (en la Ciudad Universitaria). En una de los stands habían recreado el aspecto de una de estas tiendas y en un alarde de virtuosismo la habían aromatizado con aquel olor a tienda. Como agradecí volver a percibir aquel olor de la época de mi infancia y ya totalmente desaparecido.
Magnifica descripcion de aquellos lugares donde hasta las onzas de chocolate para las meriendas te las vendian sueltas, no se como sobrevivimos aquella infancia con tan pocas garantias de sanidad.
¿Garantías de sanidad? Ni falta que hacían. ¡No nos partía un rayo!
Ahora en serio. No voy a decir que la asepsia sea mala, pero lo cierto es que tanto envase al vacío, pasteurizado, control sanitario y demás nos debe haber eliminado muchas defensas, pues ¿sabíamos entonces de la salmonella, la legionella y demás? Sin embargo los mismos sujetos hiy día comemos cualquier cosilla y ya tenemos encima la gastroenteritis.
Los de la lechería serían menos cotillas
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En Torrelodones existe un ultramarino de corte antiguo que abre casi todos los días y cuyo propietario tiene el mismo bigote que los tenderos que muestras en la segunda foto. Sigue con la tradición. Eso sí, salvo las judias y demás legumbres, todo está muy bien envasado.
Las “bombas” de aceite (yo tampoco recuerdo cómo se llamaban) estuvieron en uso hasta principios de los 80, cuando el asunto del aceite de colza adulterado. Recuerdo haber visto una en el mercado de Santa María de la Cabeza.
En ese mercado también había una tienda que vendían especias a granel, y olía de maravilla.
Y también me acuerdo de que, siendo yo muy pequeña, en la droguería que había debajo de la casa de mi abuela, vendían la colonia a granel. Y cogían los puntos a las medias.
Qué tiempos tan lejanos…
Mira, en mi relación de olores que contribuían a la mezcla olvidé las especias. Aquellos cajones llenos de pimentón donde metían la pala, que estaba siempre roja, y de ahí al papel, de estraza, y la habilidad del tendero haciendo el paquete.
Creí que habían prohibido la venta de aceite a granel antes, pero puede que sí, que fuese cuando la colza.
La Tienda de Ultramarinos era el anexo minorista del mayorista Almacén de Coloniales. Juntos, pero no revueltos, como convivían la Bodega y la Taberna, la Vaquería y la Lechería. Y, ya sin un exacto paralelismo, la Pollería y la Huevería.
La bomba de aceite, cuyo émbolo transparente veíamos hipnotizados llenarse de oro líquido (olé con la metáfora)funcionaba en dos tiempos: con el primero se llenaba ese depósito de cristal, y con la segunda vuelta de manivela se llena, ya más verdoso, menos oro, la botella presentada y aportada por la clienta. Como de leche se llenaban las medidas, desde una cántara menor, y luego se vertía la antidad precisa en la lechera de ir a la compra, también de zinc, o de lata, o de lo que fuera.
La botella de vino del cliente se llenaba a pitorro de cuba, si bien previamente se había aclarado con una especie de ducha perineal que inyectaba a gua a bastante presión por el gollete de la botella invertida. Y todo ese ritual se oficiaba en esa atmósfera fragante y vagamente pecaminosa donde el vino se iba -sin quererlo y sin saberlo- avinagrando en aquellas tardes primaverales que parecía que no iban a terminar nunca.
“HAY UN JUEGO DE PESAS (Y MEDIDAS) A DISPOSICION DEL PUBLICO PARA COMPROBAR LA EXACTITUD DE LAS MEDIDAS”.
Si quereis daros una vuelta por la nostalgia, disfrazada de recetas, ahí anda mi blog, por cierto muy descuidado, pues ando últimamente muy ocupado leyendo los blogs de los demás, y aprendiendo muchísimo de la sabiduría de los otros:
http://gardelfaroni.blogspot.com/
Nota: ¿Por qué en las hueverías “se cogían puntos a las medias”, tarea más propia de las mercerías, donde por cierto también se hacía?