Madrid en obras (I)
Si hay algo que sin duda adoramos los madrileños son la obras. Disfrutamos como locos ante la vista de las calles levantadas, zanjas en todas las direcciones y, sobre todo, disfrutamos con el tiempo pasado dentro del coche por los interminables atascos que causan. Conscientes de ello nuestras autoridades municipales se han desvivido siempre por darnos satisfacción (en los últimos años, afortunadamente, con mayor intensidad) y desde que ocupan el sillón, lo único que acapara sus pensamientos de la mañana a la noche es inventar qué nueva obra hacer, y una vez que tienen una idea perfeccionarla para conseguir que abarque el mayor espacio posible, tarde el mayor tiempo en terminarse y, sobre todo, que el resultado final redunde en mayor una incomodidad para los habitantes de la Villa, objetivos todos ellos que cumplen a satisfacción y que consiguen enloquecernos de felicidad. Y todo ello en la seguridad de que en veinte años, como mucho, otro alcalde vendrá que levantará lo hecho, lo dará la vuelta, y lo dejará peor.
En la catástrofe del servidor desapareció una serie que hicimos sobre las obras de Madrid, pero no las de las zanjas, sino las de cosas que ya estaban allí cuando nacimos todos y que al menos a mí me resulta dificil imaginar que alguna vez no estuvieron. Pues vuelta a empezar. Hoy toca el Puente de los Franceses.
Este puente se construyó entre 1860 y 1862 para permitir cruzar el Manzanares, quien lo diría, a los ferrocarriles que saliendo de la Estación del Norte (Príncipe Pío), se dirigían al norte y noroeste de la península. Parece ser que recibió ese nombre porque los ingenieros que lo diseñaron eran franceses. Y ahí los tenemos. Obsérvese su correctísimo atuendo, nada del horroroso chaleco fosforescente, el casco y los vaqueros, y la sensación que causa la presencia del fotógrafo entre los obreros.
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